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La palabra icono viene del griego eikón que significa imagen, palabra con amplias aplicaciones. Sin embargo en la historia del arte, e incluso en el uso común, el término icono se reserva para una clase de pintura, frecuentemente portátil, de género sagrado, hecha sobre una placa de madera con una técnica especial y de acuerdo con una tradición secular.

Los orígenes de la iconografía se sitúan en Bizancio, antigua Grecia. Siglos más tarde, debido a su persecución y destrucción, gran parte de los iconos y los maestros artesanos pasaron a Rusia. Durante el siglo pasado gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación, los iconos se han extendido por el mundo entero.

En la iconografía los colores, la luz, los gestos, son todo ello, un símbolo que abraza al hombre para elevarle a su auténtica condición de hijo de Dios y hermano de sus hermanos.

Hay dos escuelas: la griega con colores más vivos y la rusa, con colores más apagados.


Mi maestra y madre en el arte de los iconos fue Sor Eulalia, monja benedictina, que  aprendió directamente de un iconógrafo  griego, por lo que puedo decir – siempre en clave del arte -  que soy nieto de un iconógrafo griego.
En los iconos que salen de mis manos, encontrarás colorido, contrastes, vida. Todo ello se refleja claramente en el significado de los colores según la tradición y  todo el simbolismo que conlleva el contemplar un icono.

Me inicié en el silencio y la oración de un monasterio. Creo que es importante para poder trasmitir la belleza interior que vives, a las imágenes de Cristo, la Santísima Virgen y sus santos.


El icono es la unión de fe y arte, que pretende tender un puente desde el mundo sensible al mundo espiritual.

   
  José María Simal Iglesias